Refiriéndose a los practicantes de la no-resistencia al mal, Tolstoi nos dice que incluso si fueran una diminuta minoría, sujeta a nada más que el ridículo y el desprecio del mundo, el mundo, «sin notarlo y sin sentirse obligado a ello, se volvería más sabio y mejor por obra de esta influencia secreta». Jesús, que como mínimo era un hombre sabio, enseñó que «somos la luz del mundo»: basta con practicar una ética compasiva para dar luz a las tinieblas. El sabio checo Petr Chelčický, una figura curiosa y largamente ignorada, enseñó que todo practicante de una ética cristiana debería negarse a la violencia y, en particular, al servicio militar, notando que si los pobres se negaran los ricos no tendrían a quién mandar a luchar por ellos. E incluso cierto guerrero, sin duda ajeno a la doctrina de la no-resistencia al mal, enseñó que la ternura es el bien que nunca debe perderse.

La no-resistencia al mal es una doctrina poco difundida, todavía menos comprendida, y frecuentemente ridiculizada. Es, sin embargo, la única ética superadora de la violencia, el ejercicio del poder, y la dominación de fuertes sobre débiles. Y cuantos más las practiquemos, más sentirá el mundo la «influencia secreta» de la compasión y el amor.